Entrevista del blog del Parra al escritor Norberto Lui Romero

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 Traduzione in italiano: Continua…

Norberto Luis Romero nació en Córdoba, Argentina (1951). Es director y profesor de cine. En 1983 publica en Editorial Noega, de Asturias, su primer libro de cuentos, Transgresiones, y en 1988 el mismo libro aparece en Argentina publicado por Alción Editora. Tras un largo silencio aparece en 1996 El momento del unicornio, en Ediciones Nobel, de Asturias, simultáneamente con su primera novela Signos de descomposición, en la editorial Valdemar, de Madrid, donde en 1999 publica su segunda novela La noche del Zepelín y en 2002 la tercera: Isla de sirenas. En 2003 la novela Ceremonia de máscaras, en “Laertes”, Barcelona. En “Leaping dog press”, Virginia, The Last night of carnival, libro de relatos en traducción de H. E. Francis; y en 2005, “Editorial Egales” de Madrid, publica la novela Bajo el signo de Aries. En 2007, “Ediciones Amargord”, en su colección de minilibros “1003 libros para cruzar la noche”, publica el cuento Capitán Seymour Sea.  biografia

Te descubrí gracias a tu relato .Telecita  que has definido un relato de imágenes. ¿Quisiera saber como consigues crear la interacción entre palabras e imágenes.

Cuando defino a “Telecita” como un relato de imágenes me refiero a que es un cuento muy visual, como casi todos mis relatos, que a veces hasta podrían filmarse. Tal vez se deba a que mi primera percepción de una idea es una especie de destello que suele venir como una imagen, a causa de mi formación básica como cineasta. A partir de ese momento elaboro el suceso, bien las acciones, a veces la trama, o bien los personajes, mediante la cración de una atmósfera en la que priman dichas imágenes, que muchas veces no son únicamente visuales sino olfativas, oníricas en muchos casos, táctiles, sensuales. Con palabras expreso esa atmósfera que siento, pero no sólo con adjetivos, que son los que habitualmente crean una atmósfera, también con la acción y reacciones de los personajes, y sobre todo con los silencios, tan importantes a la hora de narrar.

He leído que por las mañanas escribes en un bar. ¿Es éste el lugar dónde captas las imágenes que luego utilizas en tus relatos?

No, normalmente esas imágenes me llegan de cualquier forma y en cualquier momento, sobre todo por la noche estando en la cama. Cuando estoy escribiendo me aislo de forma casi absoluta, de modo que podría escribir tanto en un bar como en una sala de fiestas: la realidad circundante suele desaparecer cuando estoy en pleno proceso creativo, cuando estoy, justamente, elaborando un mundo propio que no me es hostil y cuya voluntad está en mis manos. Dentro de ese mundo fantástico, el otro, al que llamo “vigilia”, se desvanece. Es mi forma de huir de lo que no me gusta y acercarme al calor de la dicha.

Todos recordamos el pasado de Argentina, la dictadura de los generales. ¿A cuánto de todo ésto se inspiran tus historias?

b6fe0c419ab913e0cc2ac29a09793448.jpgLa verdad que poco de este pasado me llega como inspiración, sobre todo cuando mi literatura es prácticamente en su totalidad de género fantástico, pero en cada argentino (y también en cada sudamericano que, de una u otra manera, haya padecido dictaduras), persiste un fondo amargo, y éste se refleja directa o indirectamente en lo que escribimos, sobre todo cuando nos tocó vivir esa historia en etapas de la vida tan vulnerables como lo son la niñez y la adolescencia, en plena formación de la personalidad, de la identidad, etc. De manera que siempre, casi involuntariamente, como heraldos intrusos, se entrometen en alguna historia, salen a relucir de una u otra forma, porque están ahí, en el pozo de amargura donde se encharcan las malas experiencias y el dolor. Y no escribo precisamente desde el lado de la dicha, del lado amable de la vida, sino todo lo contrario: del lado oscuro.

Una pregunta personal: ¿Cuándo decidiste empezar a escribir? ¿Fué una necesidad personal o una ambición?

Que yo recuerde, escribo desde los doce o trece años, pero asumí que soy un escritor ya casi a los 30, cuando conocí a uno de mis maestros, Daniel Moyano, y él me hizo ver que yo era un escritor, no únicamente alguien que escribía en sus ratos libres. Evidentemente, escribir fue una necesidad desde siempre, porque mis ambiciones literarias siempre fueron, sencillamente, ser un buen narrador, al margen de485266f949949ef835dbed7c13ee549d.jpg que éxito llegue o no. No sé si lo he conseguido plenamente, pero espero hacerlo en un futuro no muy lejano.

¿Te puedo preguntar qué estás escribiendo actualmente? Y para terminar, una curiosidad ¿Qué libros tienes sobre la mesita de noche?

. Hace muy poco he terminado una novela que me vi forzado a escribir entre mudanzas y viajes, esta novela me llevó unos dos años de arduo trabajo, como casi todas, y una vez acabada (siempre me ocurre) me quedo vacío e incapaz de escribir casi nada. Hasta que empiezan a acumularse unas extrañas sensaciones que parecen empujarme el cerebro queriendo salir, se asoman personajes, me asaltan las imágenes… es el momento de comenzar otra. No me ocurre lo mismo con los cuentos, que una vez acabados no me dejan agotado, han pasado por mí como una brisa. No obstante, tengo comenzada una novela: “Estado Larvario”, para la que necesito distanciarme un tiempo antes de continuar, porque los acontecimientos que narro en ella son muy recientes y unas de las condiciones para escribir es ser lo suficientemente objetivo como para dominar la acción y no sea ésta la que domine al escritor. Claro que podría pasarme que de tanto distanciarme lugo la novela me parezca ajena, tanto que podría abandonarla. Ya veremos.

Ahora mismo, sobre mi mesita de noche tengo a Juan_Carlos_Onetti , que nunca defrauda.

Norberto Luis Romeroprosa    Cuento

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Il blog del Parra intervista lo scrittore argentino Norberto Luis Romero ( biografia )

www.norbertoluisromero.com

Ti ho conosciuto grazie al tuo racconto “ .Telecita  ” che hai definito un racconto d’immagini. Vorrei sapere come riesci a gestire l’interazione tra le parole e le immagini.

ccdd2d2b332c0baeada38f2484ae0eb8.jpgQuando definisco “Telecita” come un racconto di immagini mi riferisco al fatto che è un racconto molto visuale, come quasi tutti i miei racconti, che potrebbero addirittura essere filmati. Tutto questo forse si deve al fatto che la mia prima percezione di un’idea è una sorta di scintilla che di solito arriva come un’immagine per via della mia formazione da regista di cinema. A partire da un dato momento elaboro il fatto, o le azioni, a volte la trama, o piuttosto i personaggi, attraverso la creazione di un’atmosfera in cui primeggiano le immagini, che spesso non sono soltanto visuali ma anche olfattive, oniriche in molti casi, tattili, sensuali. Con parole esprimo quella atmosfera che provo, ma non solo con gli aggettivi, che sono quelli che di solito creano un’atmosfera, anche con l’azione e la reazioni dei personaggi, e soprattutto con i silenzi, così importanti nel momento di narrare.

Ho letto che tutte le mattine scrivi in un bar. E’ forse questo il luogo ideale per catturare le immagini che poi utilizzi nei tuoi racconti?

No, di solito queste immagini mi arrivano in qualsiasi forma e in qualsiasi momento, soprattutto di notte quando sono a letto. Quando sto scrivendo mi isolo in maniera quasi assoluta, in modo che potrei scrivere sia in un bar sia in una balera: la realtà circondante di solito scompare quando sono nel pieno del processo creativo, questo mi consente di elaborare un mondo proprio che non mi è ostile e la cui volontà è nelle mie mani. In questo mondo fantastico, nell’altro mondo, che definisco come la “veglia”, svanisce. E’ il mio modo di sfuggire a quello che non mi piace e avvicinarmi al calore della felicità.

Tutti ricordiamo il passato dell’Argentina, la dittatura dei generali. A quanto di tutto questo s’ispirano le tue storie?

La verità è che poco di questo passato mi arriva come ispirazione, soprattutto quando la mia letteratura è praticamente nella sua totalità di genere fantastico, ma in ogni argentino ( e anche in ogni sudamericano che, in un modo o in un altro, abbia subito dittature), persiste un fondo amaro, e questo si rispecchia direttamente o indirettamente in ciò che scriviamo, soprattutto, quando ci è toccato vivere quella storia in tappe della vita così vulnerabili come lo sono l’infanzia e l’adolescenza, quindi nel pieno della formazione della personalità, dell’identità. Così, spesso, quasi involontariamente, come “heraldos intrusos”, s’intromettono in qualche storia, vengono fuori in un modo o in un altro, perché sono lì, nel pozzo di amarezza dove si allagano le brutte esperienze ed il dolore. Io non scrivo precisamente dal lato della felicità, nemmeno dal lato amabile della vita, ma tutto il contrario: dal lato scuro.

Una domanda personale: Quando hai deciso di iniziare a scrivere? E’ stato un’esigenza personale o un’ambizione?

Che io ricordi, scrivo da quando avevo dodici o tredici anni, ma ho avuto la consapevolezza di essere uno scrittore quasi a 30 anni, quando conobbi uno dei miei maestri, Daniel Moyano, e lui mi fece capire che ero uno scrittore, non soltanto uno che scriveva nel tempo libero. Evidentemente, scrivere è stata da sempre un’esigenza, perché le mie ambizioni letterarie sempre furono, semplicemente, quelle di essere un bravo narratore, indipendentemente dal fatto che il successo arrivi o meno. Non so se ci sono riuscito appieno, ma spero di farcela in futuro non molto lontano.

Ti posso chiedere a cosa stai lavorando attualmente? E per chiudere, una curiosità. Che libri hai sul tuo comodino?

79f243f5fd39470cda2ced8b680266ee.jpgPoco fa ho finito un romanzo che sono stato costretto a scrivere tra traslochi e viaggi, ci ho messo circa due anni di lavoro a scrivere questo romanzo, come quasi tutti, e una volta finito (sempre mi accade) rimango vuoto e non sono in grado di scrivere quasi nulla. Finché non cominciano ad accumularsi delle strane sensazioni che sembra che spingano il mio cervello perché vogliono uscire, così si affacciano personaggi, mi assalgono le immagini… ecco, quello è il momento di iniziare un altro romanzo. Non mi succede la stessa cosa con i racconti, che una volta finiti, non sono estenuato, sono passati da me come una brezza. Ciò nonostante, ho già iniziato un romanzo: “Estado Lavario”, dalla quale ho bisogno di prendere le distanze un po’ di tempo prima di continuare, perché i fatti che narro in lui sono molto recenti ed una delle condizioni per scrivere è quella di essere abbastanza obiettivo come per dominare l’azione, perché non deve essere lei a domina lo scrittore. E’ chiaro che potrebbe capitare che se prendo troppo le distanze dal romanzo, questo mi sia straneo, con il rischio concreto di doverlo abbandonare. Vedremo.

In questo preciso momento sul mio comodino ho _Carlos_Onetti che non delude mai.

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Telecita

 

 

Si sentiva solo il rumore dell’acqua che scorreva fra le pietre del fiume e il mormorio del vento acquattato tra le fronde degli alberi a spiare le donne imprudenti. II resto era silenzio, quiete e un implacabile ricordo trascinato per anni, avvolto nel risentimento. II maltempo era una protezione per la Telecita, abituata a vivere senza un tetto, a dormiré per strada o sotto un ponte, e a tirare avanti un po’ con i suoi racconti, un po’ con la paura che infondono le sue maledizioni di pazza, i suoi sogni visionari e i suoi scapolari multicolori messi uno sopra l’altro, tessuti con lana di capra. i sei per so nell’acqua, se lo è trascinato sul fondo il vórtice della pura cupidigia, sanguisuga, maledice guardando la casa grande e brandendo uno scapolare unto e minaccioso.

A pochi metri, in cima alia collina, nella casa grande c’è l’inferno senza diavoli e- senza fuoco. Un inferno di dolore quotidiano, autentico, segno che la signora Aurora é ancora viva e si contor­ce nel letto tentando di sciogliere le corde che da mesi la tengo-no attaccata al dolore e alie febbri. II cuore, dicono. II chagas,* mormorano, le fará scoppiare il cuore. Negli eccessi della febbre farfuglia e demanda in continuazione della lettera, se é arrivata, cosa dice…

La Telecita fa fumare i rospi. Quando saltano in aria a pezzi lei scoppia a ridere. Poi raduna i suoi fili sparpagliati sul fondo di una cassa di legno che tiene nascosta nel tronco vuoto di un albero: questa notte la luna si tingerá di fuoco, mormora. Diventerà colorata come questi fili. Seduta a terra, protetta da un carrubo, raccoglie gusci di lumaca, e con l’unghia funga del mignolo scandaglia l’interno dell’elicoidale rinsecchito in cui si nascondono piccoli insetti: forbicine, centopiedi, un necroforo iridescente verde e oro, qualche vinchuca ñera striata di rosso.

La vinchuca ormai ti ha punto, e cacò nella puntura, tu hai grattato ed ecco qui: il veleno ti è éntrato nel sangue ed è arrivato dritto al tuo cuore ñero come il carbone…

Quando il vento soffia da nord e arriva al fiume dopo aver attraversato la casa, dopo aver fatto irruzione nelle stanze come un intruso, trasporta rumori inquietanti e sussurri di morte. Dai cassetti odorosi di lavanda estrae i ricordi più occulti e li sparge ovunque, li getta senza imbarazzo alia foga della rosa dei venti, come se fossero pezzi esplosi dal cuore delle persone dimenticate da tutti.

L’intimitá è squarciata dal vento. La tranquillitá della casa si sfilaccia fra lamenti e mormorii pronunciad di sottecchi negli angoli, con la bocea rimpicciolita dalla paura. Le caviglie delle domestiche sonó avviluppate dalle imbastiture dei pettegolezzi affaticati che si lasciano cadere nella pesantezza della siesta. Di notte, prima di andarsene a dormiré nei loro ricoveri, le domestiche liberano le caviglie dai bisbigli e ne fanno matasse, poi li ripongono nei bauli profumati: ricameranno scialli neri per le veglie funebri, carichi di fiori scuri, pesanti, corporei come pietre. Quando il vento arriva dal nord, dopo aver attraversato in silenzio la galleria e aver disperso í’odore dei gerani rossi e viola, si raggruma nella chioma degli alberi e li, ammassato, parla con parole che addormentano o uccidono; trama anche con le nuvole più alte, le più scure che incoronano la sierra, per spingerle a precipitare durante la notte e satu­rare le acque del riume obbligandolo a straripare giù a valle.

Aurora de Fresneda è molto buona, dicono. Raccoglie bambini orfani, mette insieme i bastardi, i figli del vento del nord profanatore, li culla in brande di pagliericcio e da loro biberon di sciroppo di chañar, appiccicoso e dolce, e baccelli di carruba da morderé, per ingannare la fame, anche se a loro non manca milla, perché Aurorita é ricca e generosa, e ha un cuore grande cosí.

Generosa sì, con un cuore enorme, ride come una pazza la Telecita; però sei una ladra di figli degli altri.

Aurora de Fresneda impasta pañi rotondi come seni, con capezzoli di fragole e il sapore di arance amare, li divide in fette e li distribuisce fra i poveri e le vedove. Nei vassoi riposa la pasta e lievita fino al bordo, fino a raddoppiare, triplicare ed espandersi e ammassarsi ai lati del vassoio.

Le domestiche vegliano il fuoco del forno, controllano la tempe­ratura per tutta la notte e gettano dentro rami di rosmarino e mirto per profumare il pane. E quando una di loro si addormenta o la testa le ciondola, con gli occhi chiusi per il torpore, e smania con i rumori sordi delle vecchie senza sogni né speranze, le altre la scuotono con un cucchiaio e le urlano di svegliarsi.

Dicono che la Telecita, quando faceva la domestica, aveva i capelli divisi da una riga, si bruciò tutti i capelli durante una di queste veglie, mentre controllava il forno di Aurora de Fresneda in cui cuocevano i pañi dei poveri, delle vedove e dei bastardi. Dicono che mentre apriva lo sportello per guardare dentro, usci una scintilla scriteriata che disegnando una spirale le si conficcò nelle trecce nere, spesse come caramelle di zucchero. E dicono anche che Aurorita le tolse il figlio con l’inganno, la abbindolò per tenersi Juan Dominguito, il bimbo adorato, concepito quando il vento del nord le entrò nel corpo improvvisamente, mentre pisciava accucciata fra le erbacce.

E alla Telecita non ricrebbero più i capelli, da quel momento fu calva come un uovo. E ora porta sempre un fazzoletto ñero arrotolato sulla testa, come una meringa al cioccolato, come una confettura di lutto, marmellata di mora nera. E ha lo sguardo torvo del risentimento, perché è rimasta zitella a causa di quella scintilla dall’andamento ambiguo e sfuggente che le si impiglio fra le trecce. E ora trascorre i giorni e le notti sulle rive del riume, frugando con un bastone nell’acqua e chiamando il figlioletto che non vuole uscire dal vórtice. Non mi vuoi più bene perché sono calva, cattivo bambino? Ti vergogni perché tua madre ha la testa come un uovo sodo? Ti dovresti vergognare di più di quest’altra, questa rossa di merda che mi ti si è rubato, per poi lasciarti giocare così vicino alla riva, a ciucciare carrube, mentre lei scriveva lettere per la Spagna. Non vide che dal nord arrivava la piena? Non sentì quel rumore di locomotiva che si porta via tutto?

E sostengono che la Telecita odia a morte Aurora de Fresneda, che la incolpa della sua calvizie di uovo sodo. Aurora de Fresneda, i capelli rossi come il rame e il miele di rosmarino, con una lunga capigliatura di fuoco che al solé é una vera fiamma, era una meraviglia, bellissima, e faceva impazzire gli uomini; ma non dava confidenza a nessuno, neppure li guardava, e meno che mai concesse ad alcuno un sorriso gentile. Tranne che al genérale. E dicono che la Telecita porta sempre fiammiferi in una tasca per daré fuoco ai capelli di Aurora se la dovesse incrociare sul suo cammino nel giorno dei morti, quando porta al cimitero ginestre e gladioli per il figlio morto durante la piena del ’54. Ma la Telecita ha un passatempo: fa fumare i rospi, li gonfia con il fumo finché non scoppiano; per questo porta sempre i fiammiferi.

Per colpa tua, disgraziata. E pure del generale.

La Telecita guarda con disprezzo e diffidenza la casa grande, che non profuma più di lievito e di pane caldo, ma ha l’odore denso e sciroppato della prossimità del trapasso.

Le malelingue dicono che Aurora gli si avvicinò, con i capelli sciolti che brillavano come rame e gli disse: Mió genérale, Aurora de Fresneda, per servirla. E che il Genérale, con il cuore ancora trafitto per la perdita della sua bella moglie, e forse per mitigare il fuoco di questa ferita, impazzi per lei, e per vederla di nascosto tornò a Cosquín con ogni scusa possibile. E raccontano che per lei perse il sonno, e trascuró il governo, e per colpa sua quel gorilla di Rojas si ribellò e lo rovesciò, per quanto era smarrito fra quei capel­li rossi, tanto che trascurò il governo della Nazione e dimenticò di mantenere le sue promesse. Girò anche la voce che il Generale, anni dopo, ormai in Spagna, la fece chiamare con una lettera, che lei dice di tenere al sicuro e non fa vedere a nessuno; giusto la busta, e di corsa la nasconde di nuovo nella borsetta, fa solo vedere una vecchia intestazione della Casa del Governo, così, in un batter d’occhio, mentre con l’unghia scarlatta e il dito appuntito indica il mittente e il francobollo con l’effigie di un altro genérale, addirittura un generalissimo. E se un tempo fu bella e dalla pelle scura, Aurora de Fresneda (Aurorita, come la chiama chi le vuole bene), già da tempo ha perduto la lucentezza dei capelli, la scintilla negli occhi e il vellutato candore che crédito dalla nonna Rosalia; e anco­ra di più le speranze di recuperare il Genérale, e di chiudere la bocea dei maldicenti che ogni tanto alzano polveroni di chiacchiere, più per noia che per invidia del suo cognome antico e del suo denaro.

Quella notte, forse per via dei capricci del vento – annunciato già dal giorno prima dalla luna diventata rossa come una palla di fuoco e dalla Telecita che vaga va di casa in casa fino all’altra riva del fiume annunciando disgrazie e bambini morti – le domestiche si addormentarono mentre cullavano il pane nelle madie, e svegliandosi scoprirono con orrore che non aveva lievitato, che i panetti di pasta assomigliavano ai loro seni appassiti e schiacciati. Uscirono per strada ululando, corsero spaventate per il paese, avvolte negli scialli sudici di oscuritá, asciugandosi il muco e gemendo per l’avversa fortuna.

Come cenere corsé la cattiva notizia che il pane non era lievitato, e arrivó fino alie orecchie della Telecita che come al sólito filava scapolari con peli di capra sulla riva del fiume, alia luce della luna piena, mentre malediceva a bassa voce la Fresneda augurándole ogni disgrazia, a lei e di rimando al suo Generale che se l’era dimenticata dall’altra parte dell’oceano. Le malelingue dicevano che era lui, che era il Generale a non potere; pero Aurora si incolpo sempre di essere lei quella sterile, e che per la debolezza del suo sangue non era rimasta incinta né quella prima notte in cui il Generale la fece sua, né nelle altre notti: e ce ne furono molte, nel tempo, in cui lei calmo il dolore di quel cuore trafitto fino a dargli sollievo. Per questo passa tutto il tempo a raccogliere o ad appro-priarsi di orfani e bastardi, allevando i senzatetto come se fossero suoi e portandoli a battesimo metiendo a tutti il nome del suo ingrato amante.

Non ti ha mai amato, puttana. Non sei mai stata altro che un capriccio del Genérale, quel maledetto… come mi sarebbe piaciuto regalargli uno scapolare come il tuo, quello che ti ho regálate venti anni fa, tutto colorato…

Se l’impasto non lie vita e non raddoppia il suo volume durante la notte porta male… dicono le vecchie. E per il vento, che soffia tra i rami degli alberi e mentre accarezza le foglie parla, lancia maledizioni e fa inacidire il lievito.

La Telecita mette da parte i suoi fili colorad e sbircia dall’altra parte del fiume: guarda con occhi logori la casa grande; un quadrato di luce macilenta é delinéate da una delle finestre superiori, dove Aurora de Fresneda agonizza dietro i vetri impeccabili. Con le dita appuntite tasta in un borsellino i fiammiferi e i suoi occhi rinsecchiti si inumidiscono. Si accarezza la calvizie e abbozza un sorriso. Canticchiando, la Telecita attraversa il ponte diretta alia casa grande, in cima alia collina; avanza fra le piantagioni di banane lungo la strada, calpestando ciuffi di lanugine, disfacendoli sotto i suoi sandali di stoffa ñera.

Aurorita, Aurorita, canta piano piano, mentre la sua mano stringe fiammiferi nel fondo della tasca. Aurorita, Aurorita, i pañi usciranno dal forno schiacciati e scuri come sterco di vacca, e Juan Dominguito tornerà fra le mie braccia, che è dove deve stare, e non a casa tua. E poi, non si chiama Juan Domingo, questo nome gliel’hai dato tu, un vero capriccio, un certificato di proprietá; per­ché si chiama Vento, come suo padre.

Quanti anni sonó passati, si chiede la Telecita, mentre sale sulla collina al buio. Nel giardino appassito, fra il profumo rancido delle gardenie, rimane quasi senza chiudere le palpebre, con gli occhi fissi sulla finestra ifluminata dietro la quale si aibatte tra la vita e la morte la Fresneda. Tira fuori dalla tasca un rospo raccolto nel fiume, gli mette una sigaretta in bocea e la accende. Per quanti anni ho aspettato questo momento? Venti, venticinque? Da quando ti ho dato lo scapolare, disgraziata. Si, il veleno della vinchuca é lento ma ti si é conficcato nel cuore facendolo lievitare piano piano, come il pane; ti si é gonfiato poco a poco, fino a che è diventato più grande del petto, e questa notte, te lo giuro sul vento del nord e su mió figlio morto, tu scoppierai come questo rospo.

* Malattia di origine parassitaria che, dopo una fase latente che puó durare anni, provoca danni al cuore e agli organi interni spesso causando la morte (N.d.T.)

Traduzione dallo spagnolo di Laura Petruccioli.

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Entrevista del blog del Parra al escritor Norberto Lui Romeroultima modifica: 2008-04-27T00:45:00+02:00da ilparra
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